Gran Logia Simbólica Española

En el oriente eterno

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IN MEMORIAM ROGER LEVEDER – 28.06.1998

Roger Leveder fue iniciado en la R.·. L.·. Minerva Lleialtat nº 1, al O.·. de Barcelona, el 13 de junio de 1981. Fue Venerable Maestro de la R.·. L.·. Hermes-Tolerancia de Madrid y de la R.·. L.·. Miguel de Cervantes de Barcelona. En el REAA alcanzó el Grado 33º y último. Fue Gran Maestre de la Gran Logia Simbólica Española entre 1987 y 1993.

El 28 de junio de de 1998 ha quedado grabado a fuego en nuestro corazón como el día en que te perdimos, querido hermano Roger; como el día en que tu ausencia definitiva, brutal, inexplicable, nos dejaba el vacío de tu fraternidad. Nunca antes había sentido de un modo tan intenso la tristeza y el dolor, y –como dice a menudo Rospi, tu compañera– aún me imagino que me llamarás por teléfono o que aparecerás en casa para compartir unas horas de discusión interminable.

En Collserola, en el funeral laico que tu habías querido de la misma forma que tu vida y tu muerte fueron laicas, las intervenciones de algunos de tus amigos y, sobre todo, una emotiva y sincera carta de tu hijo Erwan, expresaron espontáneamente el dolor por la pérdida, el amor por ti y la nunca agotada capacidad de asombro ante tu carácter, a menudo, imprevisible. Hoy, en el Templo, en el espacio sagrado en el que hemos dejado en el umbral los metales (es decir, los orgullos, las envidias y las incomprensiones), ya no puedo recordar las injusticias que algunos te hicieron padecer, sino solo tu trabajo cotidiano de obrero de la construcción del templo de la humanidad.

Las viejas enfermedades infantiles de los francmasones, como la cordonitis, nunca se te contagiaron, porque del alba al anochecer, en los seis años de tu gran maestría, y antes en Madrid, y también después, tu vida fue trabajo serio, riguroso, de reconstrucción de la Francmasonería liberal española. Al principio, toda la Gran Logia Simbólica cabía en tu Amstrad, casi de juguete, aunque donde en realidad la tenías era en tu cabeza, y después –gracias al orden que tu impusiste– en la oficina de Avinyó, 27.

Te alegraba levantar columnas de nuevos talleres y ponías en ello todo tu entusiasmo. Te acordabas de los nombres de todos y siempre estabas dispuesto a llamar a este por teléfono o a visitar a aquel en su Oriente, o a mandarnos a tus Oficiales de aquí para allá, desde una instalación de luces en Málaga a un comité del Clipsas en Ginebra.

No te cansabas de ser pedagogo con nosotros, insulsos materialistas de pocos vuelos, para descubrirnos la espiritualidad del símbolo, las raíces del humanismo masónico, en una tradición universal que, desde los grandes iniciados, agrupa a todas las personas que han sido capaces de pensar en el hombre como en un ser libre. Aprendiste muy rápido la esencia de la Francmasonería como escuela de formación de ciudadanos y ejerciste en seguida del maestro sabio que la Orden necesitaba. Los Estatutos, el libro de rituales corregido hasta el cansancio, la decoración de los talleres, la búsqueda de las fuentes… hasta el vídeo del Museo de Salamanca y la relación con los académicos especialistas en el tema fueron algunos de tus esfuerzos. Con un Norte muy claro, una masonería laica, liberal y progresista: así, con todas las letras, sin tapujos ni concesiones. Una masonería entendida como compromiso con los valores de la tolerancia y del progreso. Una masonería que describiste en tus escritos, que habrán de publicarse de nuevo como instrumento de trabajo y de reflexión para todos.

Joan Francesc Pont

A MI MAESTRO Y AMIGO, ROGER LEVEDER (ALONDRA)

Fue en Madrid, corriendo el año 1983. El Q.·. H.·. Roger Leveder, siendo él Maestro masón y yo Aprendiz, comenzamos la reforma de un piso en la populosa calle Bravo Murillo, que meses más tarde se transformaría en el primer Templo de la GLSE en Madrid.

De su propia mano, allí aprendí operativa y especulativamente qué significan las orientaciones cardinales del Templo, la gama de azules en la bóveda celeste, los tres, dos y un escalones del Venerable Maestro y de los Vigilantes, el damero en el centro del Templo, las tres columnas dórica, jónica y corintia, los candelabros de las Tres Luces, los cuadros de cada grado… Al mismo tiempo que íbamos construyendo el Templo físico, él, el Maestro masón, respondía a mis múltiples preguntas de Aprendiz sorprendido.

Fue una época de construcción masónica en este Oriente madrileño; un tiempo de tanteos, de aproximaciones, procurando no salirnos de la escuadra y el compás. Se trataba de una francmasonería incipiente, sin tradición, con gran escasez de maestros, en un Madrid poco dado al asociacionismo, a la disciplina organizativa aceptada. En estas circunstancias y quizás cometiendo errores, hubo un crecimiento desigual y no exento de conflictos. Pero gracias a ese trabajo callado y constante del Maestro Roger Leveder, hoy existen cinco Logias en Madrid y con amplias posibilidades de seguir levantando más columnas.

En nuestro largo y, a veces, proceloso caminar masónico, tú has sido el primer Maestro que ha marcado profundamente mi condición de francmasón. Hoy, Q.·. H.·. Roger, te recuerdo con una triste emoción y lleno de cariño y de agradecimiento, pues, a pesar de tu conocida reserva con relación a los problemas personales, en nuestras largas conversaciones madrileñas hemos hablado de lo humano y lo divino como de todo lo relacionado con la francmasonería.

Después de una corta, pero durísima enfermedad, llevada con esa entereza y dignidad que te caracterizaba (aún recuerdo nuestra conversación, antes de ser intervenido, sumido en el dolor físico), has pasado al Oriente Eterno. En cierta ocasión, en tus años madrileños, hablamos de esa expresión. A pesar del Ritual Masónico Fúnebre, ninguno de los dos sabíamos muy bien lo que realmente significaba esa expresión de Oriente Eterno, pero lo cierto es que nos producía cierta paz interna; algo así como una especie de comunión cósmica dentro de ese extraordinario y aparente caos de galaxias, de millones de estrellas y de mundos, de energía y de luz. No sé lo que hay al otro lado, pero me gustaría suponer que podría existir un mundo de luz creativa.

Alberto González Marcos

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