Gran Logia Simbólica Española

Discurso de la Gran Maestre Nieves Bayo en la clausura de la Gran Asamblea de la Orden, celebrada en Tarragona.

Nieves Bayo, Gran Maestre de la GLSE desde 2012

Discurso de Clausura de la Gran Maestre

Gran Asamblea General de la GLSE

Tarragona, 10 de junio de 2017

 

Queridas  Hermanos en vuestros grados y oficios:

Esta es la última vez que me dirijo a la Asamblea General de la Gran Logia Simbólica Española como su Gran Maestre Presidente. Llevo cinco años en el puesto para el que me elegisteis, además de otros seis como Gran Maestre adjunta. Eso es mucho tiempo. Creo que tengo derecho a volver la vista atrás y a pasar revista a lo que he aprendido.

La primera es que yo no soy indispensable, ni necesaria, ni siquiera importante. Ninguno de nosotros lo somos. Lo que pone en funcionamiento nuestras capacidades es estar juntos. Trabajar juntos. Permanecer unidos, como dijo Marie Deraismes, fundadora del Derecho Humano, al final de su vida. La fuerza de cada uno de nosotros  sólo cambia las cosas cuando se une a las fuerzas de los demás. La voluntad de cada cual sirve de poco si no se suma a la voluntad de los otros. Nuestras discusiones, nuestras diferencias, nuestras distintas opiniones, no deben hacernos olvidar jamás que somos hermanos, que formamos una Fraternidad de hermanos masones que trabajan animados por los mismos principios, los mismos sueños, las mismas utopías y el mismo ansia de ser mejores, de lograr un mundo más habitable y digno. Que hacemos un trabajo que se basa, ante todo y sobre todo, en la Fraternidad.  He aprendido que, si trabajamos juntos, es mucho más fácil ser buenos, ser justos, superar las diferencias y aprender a perdonar. He aprendido, pues (y me lo habéis oído decir mil veces), que es indispensable que trabajemos todos juntos. Porque nuestro trabajo, o lo hacemos entre todos, o se quedará sin hacer.

He aprendido también a mantener la ilusión.Esto es difícil porque el trabajo que me encomendasteis es, algunas veces, amargo. Pero ahora sé que un masón es capaz de contener la amargura, de vencer el cansancio, de superar cualquier desánimo, si sabe contestar a una pregunta que se plantea en el primer Grado: Por qué estoy aquí. Por qué soy masón y no otra cosa. Por qué, para qué llamé a las puertas del Templo.

Si uno acaba por tener claro que esto es un camino largo y trabajoso cuyo único objetivo es, en realidad, hacernos mejores de lo que somos (más buenos, más justos, más capaces de amor, más tolerantes, más dignos); si uno se da cuenta de que todo lo demás que nos rodea (el rito, la Logia, las normas, los grados, los collares y cargos, la Obediencia) no tiene ningún objetivo más, ninguno, que el de ayudarnos en ese empeño fundamental de hacernos mejores, acabará por aprender a mantener la ilusión, a vencer al desaliento, a impedir que se le seque la esperanza, porque sabrá que la esperanza no se seca si uno trabaja todos los días para mantenerla viva y hacerla crecer.  Es el esfuerzo constante el que te mantiene en equilibrio, el que te hace avanzar, el que te permite conocer lo que no sabes, tanto de tus propias capacidades y límites como del paisaje que vas descubriendo.

Nuestro trabajo consiste en El estudio, la reflexión, el aprendizaje de la libertad, el ejercicio del librepensamiento, la difícil práctica de la responsabilidad, vienen de ahí y van ahí: al golpe constante del mazo y el cincel sobre lo que somos, sobre lo que tenemos de mejorable. Todo lo demás, a veces ayuda y a veces estorba, eso depende de cada cual.

He aprendido en estos años que ser buenos, ser justos, ser capaces de amar y de perdonar, no es nada fácil: lleva mucho trabajo, porque saber contestar a esa pregunta: por qué estoy aquí, tampoco es sencillo ni mucho menos. Pero si se consigue, se logra también algo que poca gente, fuera de la Masonería, es capaz de hacer como lo hacemos nosotros: mantener la ilusión, vigilar y sobre todo perseverar, aunque las olas vengan muy altas y el camino sea empinado.

He aprendido también que, seamos pocos o muchos, jóvenes o mayores, cansados o llenos de energía, los masones somos sobre todo una cosa: necesarios. Hoy más que nunca. Nuestra Orden nació, hace ahora tres siglos, para reunir a gente que tenía opiniones, posiciones y creencias distintas, pero que querían trabajar en lo que les unía por encima de sus diferencias. Se convirtió en la vanguardia de la libertad, del conocimiento, del pensamiento libre y de la dignidad humana. Más tarde, la Masonería fue la defensora (y el barómetro) de la democracia y de los derechos humanos.

Mirad ahora a vuestro alrededor. Masones fueron muchos de quienes soñaron, hace ahora más de un siglo, con el sueño entonces imposible de una Europa unida por encima de sus diferencias, de sus reyes, de sus cañones y de sus egoísmos nacionales. Masones fueron muchos de quienes pusieron en pie, tras la espantosa devastación de la última guerra mundial, aquella utopía europea cuyos cimientos estaban asentados en la idea de Fraternidad, de paz, de conocimiento y de progreso, y en la eliminación de fronteras y muros. No en su construcción.

Y los masones estamos viendo hoy cómo la codicia, el egoísmo, el desprecio por los demás, la inacción ante el fanatismo y la falta de comprensión hacia el otro están haciendo que aquel sueño, que ya tocábamos con la punta de los dedos, se desmorone. La idea de una Europa unida y alentada por los ideales de libertad, igualdad y fraternidad; de democracia y justicia social, de dignidad, respeto y cultura, está siendo embestida por el fanatismo irracional de quienes dicen actuar en nombre de su dios y de su religión. Golpeada por dos enemigos sólo aparentemente contrapuestos entre sí, Europa lleva ya años sin saber qué hacer. Tan sólo en los últimos meses parece haberse frenado el avance de la locura intolerante de la extrema derecha, lo mismo en Francia   que en Holanda. Pero acaba de ganar las elecciones en el Reino Unido una mujer que, después de empujar a su país fuera de la Unión Europea, asegura que, para contener el terrorismo islamista, derogará  leyes sobre derechos humanos. Ser como ellos, actuar como ellos y pensar como ellos, para ir contra ellos. Como si los derechos humanos no estuviesen, en la Europa construida por los demócratas, por los solidarios y por no pocos masones, por encima de las leyes, porque son los derechos humanos el suelo sobre el que se edifica la libertad en que hemos nacido y vivido todos. Porque son los derechos humanos la sangre que corre por las venas de la democracia. Y despreciarlos, ignorarlos, suspenderlos o tratar de derogarlos es ir contra la esencia misma de lo que somos.

Por eso digo que, en medio de este peligrosísimo desatino, los valores y principios que defiende de la Masonería son más necesarios y urgentes que nunca antes, quizá desde la Comuna de París, quizá desde la Constitución norteamericana o la española de 1812. Es ahora mismo cuando la Masonería europea no debe, no tiene derecho a perder un solo minuto en proclamar con todas sus fuerzas, con toda su voz y con el prestigio que le dan siglos de defensa de la libertad, que el futuro no está contra Europa sino con Europa; que el futuro no está con la intolerancia sino contra la intolerancia; que el futuro no está en el miedo o bajo el ala del avestruz sino en la convicción, en la valentía, en la defensa apasionada y activa de la libertad, de la democracia y, por encima de todo, de los derechos humanos.

Y quisiera añadir esto: creo que los masones no estamos haciendo nuestro trabajo. No lo suficiente. No basta con que nos reunamos dos o tres veces al año en alguna ciudad europea, leamos hermosas planchas llenas de palabras no menos hermosas, nos demos tres abrazos fraternales y regresemos luego a nuestros países pensando que hemos puesto una pica en Flandes. La Masonería europea tiene ahora mismo la obligación de unirse, de coordinarse, de juntar todas sus voces en una sola voz común y de actuar rápido, alto y claro para parar este disparate que no es que esté próximo: es que hace tiempo que está ya entre nosotros y nos está pasando por encima.

Si no hacemos eso, ¿con qué derecho nos sentiremos importantes, o útiles, o provechosos para nadie? Si no hacemos eso, ¿cómo responderemos a la pregunta de por qué estamos aquí, para qué? Si no hacemos eso, ¿qué significado real tiene el tallado de la piedra bruta? Si no hacemos eso, ¿de verdad aspiramos a que nuestros hermanos, o cualquier persona de bien, nos reconozcan como masones? Si cuando de verdad es necesario y urgente que se oiga nuestra voz común, como tantas veces se ha oído en la historia, nos quedamos callados o nos limitamos a lamentarnos de lo mal que va el mundo, ¿para qué servimos, para qué estamos aquí?

Sigamos trabajando sin pausa , Porque es esa clase de gente, la que no se cansa, la que acaba por cambiar el mundo. Eso es, quizá, lo más importante que he aprendido en todos estos años. Y no lo voy a olvidar. Os pido que vosotros tampoco lo hagáis .

 

He dicho.

Nieves Bayo, Oriente de Tarragona, 10 de junio de 2017.

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