Gran Logia Simbólica Española

Plancha de la GLSE en el Solsticio de Verano Interobediencial – Madrid 2018

 

De la Lealtad

V.·. M.·.,

Dignidades en el Oriente,

QQ.·. HH.·. y HHas.·. en vuestros Grados y Oficios:

 

El sol, en este día, vuelve a su lugar en lo más alto del cielo y allí permanece inmóvil (a nosotros nos parece que está inmóvil) durante cierto tiempo, antes de reanudar su camino hacia las sombras. Eso lo hace el sol cada mes de junio desde millones de años antes de que los seres humanos pisasen la tierra, inventasen el tiempo (y con él el mes de junio) y comenzasen a imaginar bellas y aleccionadoras metáforas sobre el caminar del sol, que en rigor no puede hacer otra cosa más que lo que hace: si un día el sol cambiase su trayectoria, y no subiese o no retornase del crepúsculo, como temían numerosos pueblos de la Antigüedad, entonces las leyes de la Física, que no son una invención ni una convención sino un descubrimiento de la especie humana, y que funcionan solas desde la aparición del Universo, y que no obedecen a la voluntad de nadie, esas leyes con toda probabilidad nos harían desaparecer a todos.

No es, por tanto, voluntad del sol estar donde ahora está, ni quedarse aparentemente quieto durante un par de días. Es una consecuencia de las leyes de la Física y de ninguna otra cosa.

Pero sí es voluntad nuestra estar hoy aquí celebrando, todos juntos por octavo año consecutivo, algo que, si bien se mira, no es mucho más que un efecto óptico. Estamos aquí porque queremos estar. Estamos aquí porque los seres humanos somos capaces de usar nuestra razón, nuestra capacidad para la analogía y nuestra imaginación, para tallar metáforas, para construir poesía y para edificar uno de los más inmensos prodigios que han nacido de la inteligencia humana desde el Paleolítico: los símbolos.

Eso es lo que nos ha traído a todos aquí hoy. A partir del conocimiento inexacto de un hecho astronómico, hemos sido capaces de levantar un relato simbólico de extraordinaria belleza y profundidad que nos impulsa a estar juntos, a celebrar la felicidad de estar juntos, a congratularnos por el triunfo de nuestra voluntad de permanecer juntos. Y no solo para compartir las incontables reflexiones, metafóricas o filosóficas, sobre el sentido circular del tiempo, sobre el eterno retorno, sobre el ciclo inexorable del alba y el ocaso, la vida y la muerte, el determinismo y el albedrío. Todo eso nos enriquece, nos hace mejores y ensancha nuestra mente, pero sobre todo engrandece nuestro corazón, y esto sucede porque lo hacemos todos juntos. Porque hemos tomado libremente la decisión de aprender unos de otros, sepa cada cual lo que sepa y tenga lo que tenga: esto, en el mundo profano, seguramente causaría miradas de compasión, pero entre nosotros, los masones y masonas, no es así.

¿Y por qué no es así? Bien fácil: porque nosotros nos llamamos hermanos unos a otros, y nos sentimos hermanos, y nos reconocemos como tales. Y, de nuevo, ¿por qué hacemos eso? ¿Por qué llamamos hermanos a personas a las que no conocemos de nada y desde el preciso instante en que las vemos por primera vez? Pues porque el edificio de la Masonería se basa en la piedra angular de un concepto extraño para muchos al que los masones llamamos Fraternidad.

Entonces, por último, ¿qué es esa Fraternidad que nos ha traído a todos aquí esta mañana y que nos tiene celebrando que este es el día más largo del año, que la luz triunfa sobre las sombras y que el sol parece estarse quieto en lo alto como sin saber qué hacer, aunque todos sabemos perfectamente lo que va a hacer? ¿Qué es?

Yo creo que la Fraternidad masónica se basa en un concepto moral que hoy no tiene demasiado éxito en este mundo de sonrientes antropófagos que nos ha tocado vivir. Es el concepto de lealtad.

Es curioso que en las tríadas o trinomios masónicos más conocidos, como libertad-igualdad-fraternidad, salud-fuerza-unión, sabiduría fuerza-belleza o la conmovedora fuerza-belleza-candor, que se usa en la América hispana, no aparezca la lealtad. Y quizá sea la base que lo sujeta todo.

¿Lealtad a qué? Yo creo que, en primer lugar, a las grandes ideas. Mejor dicho: a las ideas, a los principios que compartimos todos los que estamos aquí, que no son ni mucho menos todas las ideas y principios que tiene cada uno en la cabeza, pero que son la raíz que nos une y soñamos con que sean las ideas y principios que comparten todos los masones y masonas del mundo. No se está en Masonería por las personas; más bien se abandona la Masonería por las personas, pero se permanece en ella por las ideas. Quien no comprenda esto es mejor que se vaya ahora. Porque son esas ideas las que, poco a poco, mediante un trabajo muy duro, conforman a las personas.

No es nada fácil ser masón. Este es un camino a la vez dulce y áspero, empinado y larguísimo que funciona mediante el cruel método de los descartes. Muchos no lo entienden, o no lo aguantan, o no les alcanza la paciencia, o les desborda el orgullo herido, o pillan tremendas indigestiones con el plato más típico de la gastronomía masónica: los egos revueltos. Y un día se van. Y en realidad no pasa nada cuando se van, la institución no sufre. Aunque provocan, eso sí, tremendos desgarros en el corazón de las personas, porque aquí no se hacen amigos sino hermanos, pero es indiscutible que la Fraternidad masónica trenza unos lazos afectivos muy fuertes cuya rotura produce un dolor a veces terrible.

Quién de nosotros, que lleve ya unos años trabajando en su Logia, no ha imaginado la conversación que mantendría con alguien que se ha ido; y digo imaginado porque la misma Fraternidad nos empuja a no decir nunca estas cosas en la realidad. Pero cómo no imaginarlas. Tú juraste lo mismo que yo, te comprometiste a lo mismo que yo, le diríamos; ¿Por qué has roto tu promesa? ¿Con qué derecho, con qué excusa de mal pagador faltas a tu palabra? ¿Qué clase de persona eres, que te permites ser desleal a todo lo que juraste tan solemnemente lealtad?

Esas frases son casi siempre injustas, todos lo sabemos. Por eso nunca se las decimos a nadie. Porque todos somos conscientes de que, diga lo que diga el bellísimo ritual de la Iniciación, es punto menos que imposible mirar a través de los ojos de otro y conocer sus pensamientos más íntimos. La Masonería no sufre por los que se van, porque permanecen quienes trabajan. Pero los masones, los hermanos, sí sufrimos. Y mucho. Porque no nos resulta nada fácil entender que una cadena permanezca intacta cuando se le van eslabones.

Y esa es, a mi juicio, la segunda lealtad: la del tiempo. La Cadena de Unión, dice el ritual y lo vamos a oír de nuevo dentro de un momento, viene del pasado y nos lleva al futuro. A ella pertenecen quienes la formaron ayer y pertenecerán los que vengan mañana. Todo es uno y lo mismo: el trabajo es el mismo. En fases distintas, pero el mismo trabajo. Nuestro esfuerzo, nuestra lealtad, da sentido, completa y mantiene vivo el esfuerzo de quienes nos precedieron. Eso es una responsabilidad tremenda que tienen que comprender, más y mejor que nadie, los hermanos y hermanas Aprendices.

Quien haya visto las fotografías de los masones y masones de hace ochenta o cien años que se conservan en el Archivo de Salamanca entenderá esto perfectamente. Esos ancianos, esos militares, esos señores embigotados, esas mujeres de ojos heroicos que nos miran desde esas fotos amarillentas, nos están diciendo: si tú abandonas, ¿de qué he servido yo? ¿Para qué trabajé tanto si tú no continúas la obra? ¿Para eso me fusilaron los soldados de Franco, para que tú te vayas ahora porque te llevas mal con el secretario o con el guardatemplo? ¿Ese era todo tu compromiso, todo lo que juraste el día de tu Iniciación? ¿Esa era toda tu lealtad?

Hermanos y Hermanas: somos la generación más difícil de la Masonería española. Somos, como se dice a veces, los del medio de la pared. No tenemos el honor de haber comenzado nada, de haber fundado nada, de haber creado nada: no somos los cimientos de este edificio. Y tampoco veremos terminada la obra: no llegaremos a contemplar en España una Masonería unida, igualitaria, justa y con cincuenta mil hermanos, que es lo que deberíamos tener conforme a nuestra población. Somos las piedras del medio de la pared.

Pero una pared no se aguanta ni existe sin todas sus piedras: las de abajo, las de arriba y las del medio. Esa es nuestra lealtad: continuar lo que otros hicieron y sujetar lo que harán quienes ya están llegando.

 

Mirad la Columna del Norte: estamos ante una generación de Aprendices que, hasta donde yo sé, no se había visto nunca. Son cada vez más, cada vez más jóvenes, cada vez más formados cultural y profesionalmente, y cada vez más seguros de por qué y para qué están aquí. Estos Aprendices no vienen buscando creencias más o menos misteriosas, ni compañía, ni juegos de tronos, ni influencias, ni consuelo, ni conspiranderías de salita y mesa camilla. Vienen buscando ni más ni menos que lo que la Masonería ha dicho siempre que es: un método de perfeccionamiento personal, intelectual y moral. Una manera de entender la vida y la interacción en la sociedad. Ellos quieren ser lo que nosotros decimos que somos. Ahora nos toda a todos hacer algo que no debería costarnos demasiado esfuerzo: ser leales a nuestro compromiso, a nuestras ideas y principios, a nuestro pasado… y a nuestro futuro, que son ellos. Estar a su altura. Y lograr que la expresión todos juntos se siga llenando, cada vez más, de sentido, de vida, de energía… y de lealtad.

No creo, sinceramente, que nadie esté aquí hoy nada más que fascinado por participar de una ceremonia muy hermosa ni que crea de verdad que el sol se está quieto en el cielo, como decía Aristarco de Samos hace 2.300 años. Estamos aquí por nuestra sola voluntad de estar, trabajar, progresar y permanecer juntos. Por nuestra mutua y sincera lealtad. Venimos iluminados por la luz de un símbolo, el sol, que ni nos ciega ni nos complace: nos marca el camino, que no es poco.  Y venimos aquí porque sabemos que, si un día queremos mover montañas, es necesario que empecemos por aprender a tallar las piedras.

O.·. de Madrid, 23 de junio de 6018 (v.·. L.·.)

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